ECONOMÍA NATURAL

Propuesta para un nuevo sistema


Plantear un nuevo sistema económico puede parecer utópico, imposible, una quimera o entelequia, incluso algo disparatado. Pero menos es nada, aunque solo sea una idea, y sobre todo si resulta necesario, tal y como se están desarrollando los hechos y la situación hacia donde nos está llevando nuestra actual manera de vivir y producir. Aunque desde su base o principio, lo urgente y perentorio tampoco pueden llevarnos a cometer los mismos errores u otros que puedan derivarse de planteamientos equivocados, como suele suceder cuando solo pensamos en el beneficio propio. Por todo ello, la presente propuesta para un nuevo u otro modelo económico parte ya de una base distinta y puede resumirse en un solo punto, idea o planteamiento para su desarrollo: la multilateralidad de nuestras actividades y, en concreto, de la productiva. Es decir, contar con el planeta del que obtenemos los recursos, frente a la unilateralidad del sistema actual, en el que solo miramos por nosotros mismos. Simplemente asumiendo este principio y punto de partida ya estaríamos cambiando, mejorando y dando un gran paso en la buena dirección existencial.

Desde el origen de nuestra especie hasta los dos grandes sistemas más globales, el capitalismo y el comunismo, toda nuestra actividad económica se puede decir que ha tenido como objetivo principal -casi único- a nosotros mismos. Un repaso rápido siguiendo estudios de Antropología nos indica que el origen de nuestra actividad económica fue, primero, sin esperar nada a cambio, lo que se conoce como “economía del don o del regalo”, ya que se basaba en la “obligación” moral y ética de devolver aquello que nos era dado o regalado; como así constataron los antropólogos Bronislaw Malinowski (1884-1942), que a principios del siglo XX estudió a los Kula en las Islas Trobiand, y Marcel Mauss (1872-1950), que amplió y distinguió diferentes conceptos y formas de esa actividad. También hemos pasado por la llamada “economía colaborativa, compartida o de intercambio”, vigente hasta 1885 (cuando fue prohibida por el gobierno canadiense) entre indígenas norteamericanos de la costa oeste (Haida, Salish, Kwakjut, Tlingit, etc.) y que consistía en compartir e intercambiar bienes entre las tribus, lo que se conoce como “potlach”, introduciendo ya en estos casos las diferencias de estatus, jerarquía, fama o prestigio según fuese de cuantioso y valioso lo intercambiado. Mientras que la vigente actividad económica se basa en lo que se conoce como trueque (sin dinero por medio, correspondiendo a la llamada “economía de subsistencia”) o en el comercio, piedra angular de la denominada “economía de mercado”, basada en el precio o valor de las cosas y su popular “ley de la oferta y la demanda”.

En todo este proceso histórico y de desarrollo de nuestra actividad económica, extrapolable también a otros ámbitos de nuestra existencia, sobre todo hemos obtenido los recursos de la naturaleza y, generalmente, sin tener en cuenta a las otras partes. Es decir, hemos “exprimido” y “explotado” a la Tierra, incluso llegando a “forzarla” para obtener lo que hemos querido. Además de hacerlo de tal manera que poco o casi nada hemos devuelto o intercambiado al respecto con el planeta que nos sustenta y alberga. Por lo que el “balance” (sea contable, moral, entre lo dado y recibido, etc.) resulta claro: tenemos una deuda inconmensurable con nuestro medio, del cual nos hemos aprovechado hasta la extenuación (extinción y trata de especies, explotaciones mineras, acuíferas y petrolíferas o gasísticas, construcción de todo tipo de infraestructuras, deforestaciones, desertizaciones, contaminaciones, etc.), sin devolver, regalar, dar, intercambiar o pagar nada a cambio por nuestra parte. Un desequilibrio vergonzoso, injusto y amoral que nos empieza a “pasar factura” y que está poniendo en grave peligro nuestra existencia, entre otras muchas. Por lo que nos toca hacer algo al respecto, máxime ante la crisis climática y del planeta que estamos provocando. Es hora de corresponder algo a nuestra “madre naturaleza”, que nos ha dado vida, nos ha alimentado y ha servido para desarrollarnos; pero a la cual, en cambio, hemos maltratado, sin tenerla tampoco en cuenta.

Toda la farmacología o medicinas que nos curan proceden de la naturaleza, así como los alimentos, energías, materiales, etc. Antaño existían ritos, ceremonias, deidades o agradecimientos asociados a este “sustento” e, incluso, algunas formas de procurar “devolver” algo de lo recibido; como los rituales de ofrendas y/o sacrificios para obtener cosechas, pesca, caza o buen tiempo. Salvo estas antiguas excepciones, el comportamiento al respecto ha sido siempre y característico de servirnos a nuestro antojo del planeta. Pero, ¿cuánto mejor sería un entente de comprensión y colaboración con el mismo en lugar del egoísta y catastrófico antropocentrismo que estamos llevando a cabo?

Lo que planteo es una Nueva Economía, que cambie el sentido y dirección de esta actividad humana tan característica para que, en lugar de que sea única y exclusivamente por y para nosotros, también incluya o tenga en cuanta a nuestro medio, a los demás seres y entes de este planeta que nos cobija y que es nuestro “hogar”. Una economía basada en el emprendimiento natural, definiendo así a esta nueva actividad en relación y comparación al corriente emprendimiento empresarial y al llamado “emprendimiento social” (que tan buenos resultados está dando pero, como siempre, solo para nuestra especie y congéneres). En el caso del emprendimiento natural no seríamos solo nosotros el objetivo de la actividad económica sino el planeta; lo que no quiere decir que así no haya “beneficio” sino que se trata de otros/nuevos valores. En esta “nueva economía”, basada en el “emprendimiento natural”, el valor principal sería el de la existencia, en su más amplio y extendido sentido; algo natural, objetivo y de indudable aprecio para todos los entes y seres del planeta, a diferencia del dinero y otros oropeles, artificiales, creados por y para nosotros mismos, sin más beneficio.

Con estos principios, esta “nueva economía” requeriría igualmente de formación, de investigación, de emprendimiento, de recursos humanos, de especialistas, de empresas, industrias, etc. Es decir, se puede montar todo un sistema en torno a la Nueva Economía Natural. Partiendo de algo tan sencillo como contar con lo demás, con lo que nos rodea (animales, vegetales, entornos, etc.). Se trata de algo tan lógico y eficaz como servir al planeta, ya que con ello también estamos mejorando nuestras vidas. No me refiero a devolver el mar de Azov a su estado, ni a limpiar los océanos de plásticos, ni a impedir la deforestación del Amazonas o las enormes presas en el tramo turco de los ríos Tigris y Eúfrates; es decir, no estoy hablando solo de posibles buenas acciones unilaterales por nuestra parte, aunque pensemos que benefician a la naturaleza. Más bien, planteo que contemos con ella, que la incluyamos en nuestras relaciones, como cuando queremos proponerle a la otra parte un negocio o venderle un producto o servicio. Entre otras novedades, sería la primera vez que un aspecto tan importante de nuestra existencia como sapiens, como es la economía, contase con más actores o partes que nosotros mismos.

Esta idea y propuesta se basan también en una primera fase de inversión en comprensión, en conocer la comunicación y expresiones (el “lenguaje”) de animales, vegetales y demás seres y entes; esto es, que empecemos por procurar comunicarnos con ellos, para así poder entendernos mejor. Algo sobre lo que ya tenemos algunos indicios y logros, como el reciente descubrimiento de que las plantas se comunican entre ellas, así como del sonido cuando sufren, según la investigación dirigida por Itzhak Khait, de la Universidad de Tel Aviv (Israel); mientras que ya se sabía que cuando una planta es podada o privada de agua cambia de forma, color y olor. También otros científicos han descubierto que la red eléctrica ya la había inventado la naturaleza con las bacterias electroactivas, que producen una electricidad natural, capaz de alterar ecosistemas y controlar la química de la Tierra, incluidos los océanos; como por ejemplo ha puesto de manifiesto el microbiólogo John Stolz, de la Universidad de Dusquense (Pittsburgh, USA) al afirmar que “tenemos un planeta eléctrico” cableado con bacterias. Una “bioenergía” que, según investigadores de la Universidad de Asrhus, en Dinamarca, forma corrientes eléctricas naturales en los fondos marinos, un tendido eléctrico vivo capaz de transferir electrones, tal y como ha afirmado el profesor Lars Peter Nielsen; lo que también ha llevado a especular sobre un posible “cerebro” planetario que, por ejemplo, liberaría metano cuando se “enfada”, provocando o ayudando así a las famosas cinco extinciones masivas en nuestro planeta. Mientras que, con respecto a los animales también sabemos que se comunican mediante señales auditivas, químicas (como las feromonas), visuales o táctiles, con una rama de la ciencia, la Zoosemiótica, que estudia esas formas de comunicación; lo que, además de ampliarse en cuanto a objetivos, también podría extenderse a más ramas de nuestra ciencia, para dar lugar así a otros como la Biosemiótica o, incluso, la Natursemiótica.

Por tanto, estamos en condiciones de iniciar una nueva relación y entente entre nosotros y el planeta, empezando por procurar comunicarnos y, asimismo, para que nuestra actividad principal, englobada en la economía, la hagamos teniendo en cuenta este nuevo escenario, multilateral y no solo unilateral. Por lo que, más bien, sería cuestión de ampliar este campo de nuestro conocimiento, así como aplicarlo para conseguir una relación simbiótica satisfactoria con el planeta. De hecho y de alguna manera es lo que hemos hecho a veces, muy pocas y posiblemente inconscientemente, cuando hemos aprendido e imitado ciertos comportamientos y tácticas ajenas, como recientemente ha hecho un agricultor del Sahel que, ante la desertización, copió de las termitas su sistema para retener agua, consiguiendo así por primera vez detener ese proceso y ofrecer una esperanza para la zona.

Así e imaginando un poco, ¿qué podría ser de la prevención y efectos de fenómenos como el Niño y la Niña, huracanes, etc. si comprendiésemos y entendiésemos más o de otra forma a los océanos? O, en relación a las plantas, ¿podríamos intercambiar información de manera que supiésemos lo que quieren o les viene bien, mientras que por su parte quizás nos facilitaban la farmacopea natural, o informaban sobre ambientes contaminados y estresados, o nos alertaban de terremotos gracias a sus intrincadas raíces, o sobre las incompatibilidades y los beneficios de algunas combinaciones en los cultivos o en nuestras casas, jardines y huertos? Mientras que, en otros órdenes biológicos, ¿cómo sería comunicarnos verdaderamente con los llamados “animales domésticos” y entendernos con ellos?, ¿podríamos obtener alimentos de otra forma o de otras fuentes y, sobre todo, sin causar traumas de muerte o separación de las crías de los seres que ahora explotamos?

Las posibilidades, proyección o futuro de esta Nueva Economía Natural, basada en el entendimiento con el planeta en lugar de su explotación unilateral, pienso que pueden constituir una (re)evolución inconmensurable de nuestra especie, quizás la mayor y más adecuada que podamos emprender, esta vez para TODOS.