MÁS LIGADOS POR LA COVID QUE POR EL COI


El historiador Yuval Noah Harari (2016) indica en sus ensayos que lo único que ha llegado a ser global a lo largo de nuestra existencia como especie Homo sapiens han sido los imperios, el comercio y las religiones; a lo que yo añado el arte, la música y la tecnología. También las Olimpiadas y algunas celebraciones -como las Navidades- tienen una repercusión a escala mundial. Pero ninguna de estas referencias ha llegado a ligarnos tanto y uniformemente como el coronavirus que nos ha afectado.

Aunque en algún Imperio “no se ponía el Sol”, ninguno llegó a todos los continentes del planeta; mientras que, en cuanto a la religión, solo hay que tener en cuenta su diversidad u opciones para sacar la conclusión de que tampoco es “universal”. Siendo quizás el comercio lo que más se acerca a esta condición y característica planetaria, sobre todo el sistema capitalista, aunque también se puedan señalar algunas excepciones, como la práctica todavía vigente del trueque o de la ayuda mutua y el autoconsumo en ámbitos agrícolas.

En cuanto a las artes (pintura, escultura, música, danza, literatura, etc.), si bien hacen referencia a nuestra común capacidad creativa (a nuestra esencia identitaria individual y colectiva, como mantengo en Animal de realidades), también resultan características por su diversidad en cuanto a sus formas de expresión, desde el realismo al cubismo o de la música folclórica al punk. Mientras que la tecnología no siempre llega al mismo tiempo ni a todas partes, como bien saben las poblaciones más alejadas y/o dispersas. Tampoco las Olimpiadas -organizadas actualmente por el Comité Olímpico Internacional (COI)- “afectan” a toda la humanidad -menos aún a quienes no les gustan los deportes-, ni a todos los territorios, como atestiguan los boicots habidos. Y por lo que respecta a las celebraciones más internacionales, para empezar, ni tan siquiera coincidimos en el inicio del año ni en los calendarios; y si en la cultura occidental nos resultan comunes Papá Noel o los Reyes Magos y -en cambio- poco sabemos del Ramadán o del Año del Dragón, en otras latitudes y culturas es a la inversa.

Incluso, acontecimientos como la llegada a la Luna, la trágica muerte de Lady Di, la final del campeonato del mundo de fútbol o el entierro de Michael Jackson, que tuvo una audiencia de 2.500 millones de personas, han alcanzado a la totalidad o inmensa mayoría de nuestra especie. Mientras que, ya puestos con los juegos de palabras como en el título del artículo, tampoco otras “coronas” han conseguido contagiarnos tan uniformemente, como demuestran las repúblicas existentes; ni cualquier otra forma de estado, gobierno o representación, ni tan siquiera la valorada democracia, siendo precisamente más característica nuestras divisiones ideológicas, con la más común entre izquierdas y derechas. Ha tenido que ser algo tan minúsculo como un virus lo que nos haya ligado a todos como nunca ni nada antes lo había conseguido, puesto que las pandemias precedentes -como la peste negra del siglo XIV o la (mal) llamada “gripe española” de 1918- no contaban ni con los medios de comunicación actuales para hacerse tan globales ni en tan poco espacio de tiempo como en este caso: en un par de meses, más de 3.000 millones de personas confinadas.

A pesar de todo ello, no deja de resultar paradójico que sigamos sin tener en cuenta, sin aplicar ni vivamos en base a nuestra igualdad tanto genética, sociocultural o espiritual, que los estudios científicos y demostraciones empíricas indican. Incluso que continuemos actuando en sentido totalmente contrario a esa evidencia, la cual se vuelve a demostrar en que con la pandemia estemos todos -directa o potencialmente- afectados sin excepción. Al menos, esperemos y confiemos en que esto nos valga para derribar definitivamente nuestras barreras físicas, mentales y sociales, una vez aprendida la lección que nos está dando la Covid-19, muy posiblemente como ninguna de nuestras creencias ni demás construcciones culturales; quizás porque todas estas “ficciones”, tal y como llama a nuestras creaciones Harari o -en su día- el también historiador Pedro Laín Entralgo (1999), no son tan “universales” como la propia realidad, aunque sea tan imperceptible como un microorganismo.